lunes, 11 de febrero de 2013

Oportunidades del nuevo Pedro

La silla de Pedro queda una vez más libre para entronar a un nuevo elegido. Desconozco si los motivos de la dimisión son ciertos o no, desconozco si algo claro u oscuro se esconde tras este sorprendente hecho... pero lo que sí puedo decir es que el nuevo Pontífice tendrá una muy dura tarea que afrontar. 

El futuro Papa llegará a una sociedad marcada por la inexorable relevancia de Internet, el aumento de la multiculturalidad de las naciones y una sociedad castigada por la enorme crisis y la miseria humanitaria. Hay quien podría llamarles "grandes batallas de la Iglesia", aunque yo prefiero llamarles "grandes oportunidades de volver a ser Iglesia".

La sociedad, guiada por las tendencias tecnológicas, ha mutado a pasos agigantados costumbres que antes cambiaban lentamente durante decenas o centenas de años. Un proceso que ha llevado a las personas a adaptarse a un ritmo continuamente cambiante, a un mejor alcance a la comunicación y el acceso libre a todo tipo de información. El que la sociedad cambie, no es justificación para que la Iglesia deba cambiar, pero sí es la muestra latente de la continua evolución social que nunca se ha detenido desde el comienzo de la historia humana. Por tanto, si las personas cambian, y la Iglesia está formada por personas, puede cambiar del mismo modo. A pesar de todo, es importante saber que cuando la gente dice que la Iglesia no ha cambiado en dos mil años, está equivocada. La Iglesia ha mudado la piel muchas veces durante sus siglos de vida para sobrevivir, al igual que los seres vivos evolucionan para adaptarse al medio. Al final, tras la desaparición de monarquías y dictaduras en las que la Iglesia supo asumir la mayor relevancia y poder, también comenzó a mudar hace décadas para adaptarse a los nuevos sistemas políticos y económicos. ¿Siguen pensando que la Iglesia no cambia? Antes quemaban brujas y ahora no, antes los laicos pagaban por no cumplir las doctrinas y ahora no, y así un sin fin de ejemplos que se pueden marcar.

Por eso creo que el nuevo Pontífice se enfrenta a la necesidad de un nuevo cambio. Un cambio que la sociedad reclama a la Iglesia con deseos de volver a sus orígenes evangélicos. Lejos de los lujos, las riquezas, la comodidad y el calor de los templos, y de su elevada posición en la pirámide capitalista. Una Iglesia de Cristo que salga a la calle, lucha contra los problemas y las injusticias sociales y apoye a aquellos que no tienen nada. Soy consciente de la importancia de muchas organizaciones eclesiásticas, de su labor humanitaria y su empeño por ayudar a los necesitados. No critico estos aspectos que me parecen acertados, sino la falta de más en aquellos que tantos medios pueden ofrecer. Que aquellos que deberían predicar con el ejemplo de vida humilde, viven en palacios y van en coches de lujo. Que en vez de preocuparse por las injusticias sociales y por las necesidades cristianas de sus propios hermanos, se preocupan más de la vida íntima y privada de los seres humanos o de otros temas a los que Cristo creo que ni daría importancia siempre y cuando existiese amor de por medio.

De ahí que nazca mi creencia de que, todas aquellas cosas que puedan considerarse batallas, sean realmente oportunidades para el nuevo pescador de hombres. Oportunidades de mejorar, de ser auténticos cristianos, de seguir los pasos del evangelio amando y respetando a los seres humanos. De predicar con el ejemplo de Cristo y seguir sus pasos, caminando juntos por un mundo donde el amor al prójimo triunfe por encima de las desigualdades. Al fin y al cabo, una oportunidad de volver a los orígenes del más profundo cristianismo en el como ya he dicho, no importaba nada más que el amor al prójimo.

¿Por qué creo que el nuevo Papa deberá afrontar estos retos con una visión progresista? Porque el evangelio en sí es progresión. Es la llave para progresar como personas, cristianas o no. Nos ofrece las herramientas para caminar hacia adelante, evolucionar en nuestros pensamientos y sentimientos. No puede el nuevo pontífice seguir mirando hacia otro lado mientras los cristianos le piden que actúe. Es por tanto, una ardua tarea a la que se enfrenta no sólo la Iglesia o el nuevo Papa, sino toda la cristiandad resentida por el agnosticismo y el descontento con la Iglesia en la que creen, confían y por la que muchos, seguirán luchando.