miércoles, 5 de septiembre de 2012

La sanidad de los inmigrantes

Ya ha entrado en vigor la nueva ley que prohíbe en España atender mediante la sanidad pública a los inmigrantes sin papeles. Como es costumbre de esta egocéntrica sociedad, comenzamos quitando a aquellas personas que menos tienen. Por ello, esta ley me trae a la cabeza algunas reflexiones:

Un médico cuya ética o moral cristiana le impide practicar un aborto, legalmente puede negarse a hacerlo porque según los dogmas cristianos es quitar una vida. Por tanto, la Iglesia considera  abortar como "una culpa moral y en una pena canónica, es decir, comete un pecado y un delito" (Aciprensa) . Durante el gobierno socialista, se aprobó una atrevida ley del aborto que levantó un gran debate y provocó miles de denuncias por parte de sacerdotes y personas cristianas. Todos denunciaban esa ley que iba en contra de lo que para ellos se considera una vida y a la que los médicos podían negarse a cumplir si para ellos suponía una carga moral.

Ahora sale una nueva ley que supone un asesinato silencioso de aquellos a quienes Jesús ayudaría y tendería hoy día su mano, y nadie dice nada. La Iglesia mira muda e impasible esta situación argumentando que la política no es cosa de la religión, pero simplemente es que "no pueden morder la mano que les da de comer". Fe y política se confunden en una trama de "amistades peligrosas" en la que los favoritismos están a la orden del día. El sigilo de una Iglesia que se traduce como un apoyo silencioso a las reformas de un partido de ideología conservadora. Nada que ver con la Iglesia que precicaba Jesús, salvo excepciones de algunos sacerdotes que posiblemente sean silenciados por sus cargos superiores. Un ejemplo de esto lo podemos ver cuando un centenar de sacerdotes y religiosas de Murcia, decidieron redactar una carta de apoyo a las familias desalojadas de sus hogares por culpa de los bancos que las han arruinado, y el obispo de su diócesis se negó a firmar tal escrito en favor de estas desamparadas familias que se quedaban en la calle. 

Más allá de los problemas del país o de los gastos que produzca atender a personas que no aportan dinero al estado queda la caridad humana, que no cristiana. En estos momentos es cuando  más ayuda necesita el pobre, el enfermo o el inmigrante que además de pobre está enfermo. Toda persona debe ser caritativa con el prójimo, crea o no en alguna religión. El cristianismo nos dice que debemos seguir el ejemplo de Cristo y en sus sagradas escrituras figuran cientos de textos con un mismo mensaje. “Suponed que un hermano o hermana andan medio desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: id en paz, calientes y saciados, pero no les da las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (Santiago 2:15-17). Por tanto, si seguimos las palabras de Jesús y en los hospitales no se les niega la asistencia a los necesitados de ella, incumpliendo así la ley, ¿se podrá argumentar que va en contra de la propia moral personal o de cada cristiano?. “Pero el que tiene bienes en este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo puede conservar el amor de Dios?” (1 Juan 3:17). Según la epístola de Juan, negarse a ayudar al prójimo es renunciar al amor de Dios. Y mi duda final es... ¿Qué cristiano querría renunciar a eso?

Imagen de APV

viernes, 29 de junio de 2012

Los fariseos de hoy


El martes acudí a misa a una iglesia de mi ciudad. No considero que mi palabra tenga más valor que la de cualquier otro cristiano, pero sí me considero libre de compartirla con toda persona que quiera escucharla.  
Al final de la eucaristía, el sacerdote y los asistentes a la misma comenzaron a leer unas palabras del Evangelio de San Lucas “(Dios) derriba del trono a los potentados y ensalza a los humildes; colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos” (Lucas 1, 52-54). Levanté la mirada de la oración y observé. Sólo me dediqué a mirar. Estaba en una capilla en la zona de la sacristía y pensé en el templo principal cerrado a cal y canto. Mi mente pensaba en la necesidad de tener dos iglesias en el mismo edificio. Dos sagrarios, dos cálices, patenas, cirios y demás utensilios dorados y nada baratos que al menos, deberían tener las dos capillas. Dos imágenes de Cristo, varias vírgenes y sin contar el gasto que conlleva mantener todo eso. Me preguntaba ¿es necesario? Y leía  nuevamente “despide vacíos a los ricos”… curiosa frase pensé.
Es difícil para mí y creo que para muchos jóvenes como yo asimilar tanto mensaje de humildad, caridad y amor cuando lo dice una persona desde un púlpito dorado, que no rehúsa de su pan para dárselo al mendigo y rechaza a otros hijos de Dios por pensar de modo diferente, siendo precisamente esto mismo lo que predican que debemos hacer. Cuando miro el madero y veo a Jesús, no se muchas veces qué pensar. Si tras dos mil años agradeciéndole su calvario por nuestra salvación, no va siendo ya hora de seguir sus pasos, de caminar un sendero marcado para el ejemplo y el buen hacer del cristiano. Creo que Él sería el primero que se sentaría junto al pobre, predicaría la humildad y extendería su mano a toda persona que necesitase su amor sin importarle su condición.
Lo cierto es que me cuesta llegar a expresar mis ideas de tan complejas que resultan en mi mente. Una mente que ve a Cristo en la calle, caminando entre pobres, con ropas rasgadas y pies encallecidos, y una mano siempre tendida hacia el suelo para ayudar a incorporarse a aquel que no se sintiese digno de su presencia. Creo que entenderán mejor mi postura cuando les digo que al mirar a muchos representantes de nuestra Iglesia, que no ven más allá de sus palacios, patrimonios y amistades políticas, veo al fariseo de la parábola. Aquel que daba gracias por no ser pecador y por no parecerse al recaudador de impuestos. Todos somos humanos y cometemos pecados, Dios está ahí para ayudarnos y ofrecernos esa mano que nos perdona y nos levanta. A todo cristiano que se cree superior a su prójimo y camina con la mirada al frente, sin detenerse a mirar atrás y ayudar a caminar a aquellos que lo necesitan, sepan que  “todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14).