El martes acudí a misa a una iglesia de mi ciudad. No
considero que mi palabra tenga más valor que la de cualquier otro cristiano,
pero sí me considero libre de compartirla con toda persona que quiera
escucharla.
Al final de la eucaristía, el sacerdote y los asistentes a la
misma comenzaron a leer unas palabras del Evangelio de San Lucas “(Dios) derriba del trono a los potentados y
ensalza a los humildes; colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a
los ricos” (Lucas 1, 52-54). Levanté la mirada de la oración y observé.
Sólo me dediqué a mirar. Estaba en una capilla en la zona de la sacristía y
pensé en el templo principal cerrado a cal y canto. Mi mente pensaba en la
necesidad de tener dos iglesias en el mismo edificio. Dos sagrarios, dos
cálices, patenas, cirios y demás utensilios dorados y nada baratos que al
menos, deberían tener las dos capillas. Dos imágenes de Cristo, varias vírgenes
y sin contar el gasto que conlleva mantener todo eso. Me preguntaba ¿es
necesario? Y leía nuevamente “despide vacíos a los ricos”… curiosa
frase pensé.
Es difícil para mí y creo que para muchos jóvenes como yo
asimilar tanto mensaje de humildad, caridad y amor cuando lo dice una persona
desde un púlpito dorado, que no rehúsa de su pan para dárselo al mendigo y
rechaza a otros hijos de Dios por pensar de modo diferente, siendo precisamente
esto mismo lo que predican que debemos hacer. Cuando miro el madero y veo a
Jesús, no se muchas veces qué pensar. Si tras dos mil años agradeciéndole su
calvario por nuestra salvación, no va siendo ya hora de seguir sus pasos, de
caminar un sendero marcado para el ejemplo y el buen hacer del cristiano. Creo
que Él sería el primero que se sentaría junto al pobre, predicaría la humildad
y extendería su mano a toda persona que necesitase su amor sin importarle su
condición.
Lo cierto es que me cuesta llegar a expresar mis ideas de tan
complejas que resultan en mi mente. Una mente que ve a Cristo en la calle,
caminando entre pobres, con ropas rasgadas y pies encallecidos, y una mano
siempre tendida hacia el suelo para ayudar a incorporarse a aquel que no se
sintiese digno de su presencia. Creo que entenderán mejor mi postura cuando les
digo que al mirar a muchos representantes de nuestra Iglesia, que no ven más
allá de sus palacios, patrimonios y amistades políticas, veo al fariseo de la
parábola. Aquel que daba gracias por no ser pecador y por no parecerse al
recaudador de impuestos. Todos somos humanos y cometemos pecados, Dios está ahí
para ayudarnos y ofrecernos esa mano que nos perdona y nos levanta. A todo
cristiano que se cree superior a su prójimo y camina con la mirada al frente,
sin detenerse a mirar atrás y ayudar a caminar a aquellos que lo necesitan,
sepan que “todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla
será enaltecido” (Lucas 18:14).
La gran paradoja: cuanto más correctas parecen las consideraciones morales del cristianismo, más grande se hace la hipocresía de la Iglesia. Te puedo dar otro punto de vista que se le ocurre a la mente de un ex-cristiano: la Iglesia está ahí para ejemplificar la debilidad del hombre en la tierra, para realzar sus blancas palabras sirviendo ella misma de fondo negro.
ResponderEliminarSin embargo, lo que yo realmente creo es mucho más simple, áspero, y ausente de metáforas.