viernes, 29 de junio de 2012

Los fariseos de hoy


El martes acudí a misa a una iglesia de mi ciudad. No considero que mi palabra tenga más valor que la de cualquier otro cristiano, pero sí me considero libre de compartirla con toda persona que quiera escucharla.  
Al final de la eucaristía, el sacerdote y los asistentes a la misma comenzaron a leer unas palabras del Evangelio de San Lucas “(Dios) derriba del trono a los potentados y ensalza a los humildes; colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos” (Lucas 1, 52-54). Levanté la mirada de la oración y observé. Sólo me dediqué a mirar. Estaba en una capilla en la zona de la sacristía y pensé en el templo principal cerrado a cal y canto. Mi mente pensaba en la necesidad de tener dos iglesias en el mismo edificio. Dos sagrarios, dos cálices, patenas, cirios y demás utensilios dorados y nada baratos que al menos, deberían tener las dos capillas. Dos imágenes de Cristo, varias vírgenes y sin contar el gasto que conlleva mantener todo eso. Me preguntaba ¿es necesario? Y leía  nuevamente “despide vacíos a los ricos”… curiosa frase pensé.
Es difícil para mí y creo que para muchos jóvenes como yo asimilar tanto mensaje de humildad, caridad y amor cuando lo dice una persona desde un púlpito dorado, que no rehúsa de su pan para dárselo al mendigo y rechaza a otros hijos de Dios por pensar de modo diferente, siendo precisamente esto mismo lo que predican que debemos hacer. Cuando miro el madero y veo a Jesús, no se muchas veces qué pensar. Si tras dos mil años agradeciéndole su calvario por nuestra salvación, no va siendo ya hora de seguir sus pasos, de caminar un sendero marcado para el ejemplo y el buen hacer del cristiano. Creo que Él sería el primero que se sentaría junto al pobre, predicaría la humildad y extendería su mano a toda persona que necesitase su amor sin importarle su condición.
Lo cierto es que me cuesta llegar a expresar mis ideas de tan complejas que resultan en mi mente. Una mente que ve a Cristo en la calle, caminando entre pobres, con ropas rasgadas y pies encallecidos, y una mano siempre tendida hacia el suelo para ayudar a incorporarse a aquel que no se sintiese digno de su presencia. Creo que entenderán mejor mi postura cuando les digo que al mirar a muchos representantes de nuestra Iglesia, que no ven más allá de sus palacios, patrimonios y amistades políticas, veo al fariseo de la parábola. Aquel que daba gracias por no ser pecador y por no parecerse al recaudador de impuestos. Todos somos humanos y cometemos pecados, Dios está ahí para ayudarnos y ofrecernos esa mano que nos perdona y nos levanta. A todo cristiano que se cree superior a su prójimo y camina con la mirada al frente, sin detenerse a mirar atrás y ayudar a caminar a aquellos que lo necesitan, sepan que  “todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14).

1 comentario:

  1. La gran paradoja: cuanto más correctas parecen las consideraciones morales del cristianismo, más grande se hace la hipocresía de la Iglesia. Te puedo dar otro punto de vista que se le ocurre a la mente de un ex-cristiano: la Iglesia está ahí para ejemplificar la debilidad del hombre en la tierra, para realzar sus blancas palabras sirviendo ella misma de fondo negro.

    Sin embargo, lo que yo realmente creo es mucho más simple, áspero, y ausente de metáforas.

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